SOBRE LA DERECHA CULTURAL. Un par de ideas rápidas.

Hay una paradoja que podemos denominar la paradoja de la condescendencia neoliberal, o más burdamente: la trampa de la derecha cultural. Me refiero a todos esos autores de la derecha cultural (fundamentalmente anglosajona, cosa a tener en cuenta) que nos dicen que la izquierda peca de soberbia en la medida en que ésta no se da cuenta de que lo que debe decir, para conectar con la sociedad, es que la clase trabajadora DEBE estar orgullosa de lo que escucha, de lo que lee, de lo que ve. Y es cierto, no tiene por qué rechazarlo, ni avergonzarse de ello. ¿Por qué debería? Sin embargo, la contra —no siempre explicitada en esos textos pero fácilmente reconocible— reside en que esa misma derecha está encantada en que esa clase trabajadora, los de abajo, o como queramos decir, se sienta etiquetada en unos gustos determinados, reducidos a su “propio gusto”: esa derecha cultural se siente realizada al animar y producir la existencia de ese gueto cultural. “Estate orgulloso de que te guste eso”, dice la derecha, y que no te vengan a decir, esos rojos soberbios de mierda, que puede haber cosas diferentes.  Desde mi punto de vista, y no digo que no esté confundido, creo que el proceso cultural-político se da cuando se produce la radical des-identificación de todo eso. Cuando el trabajador, la trabajadora o quien no está destinada a hablar de eso, es capaz de hablar de tú a tú en el ámbito de la llamada alta cultura se produce un fallo del que la derecha no sabe (o le cuesta) salir. Alta cultura que, por otro lado, se programa en palacios de festivales públicos en los cuales hay entradas de 150 y de 20 euros: eso se llama elitismo de estado. Producir elitismo con dinero público, vamos. Esa sería una buena batalla cultural, ¿no? Creo que es fundamental cortocircuitar estos procesos. Recuerdo ahora aquellas escenas en las que los poetas obreros del siglo XIX se enfrentaban a los poetas profesionales de izquierdas. Estos últimos se cabreaban porque los poetas-obreros, tras dieciséis horas en la fábrica, se ponían a escribir poemas sobre árboles, la primavera, las margaritas… imitando a los poetas tradicionales y conservadores en lugar de escribir poemas —como exigían los poetas politizados— contra el patrón, contra el capital, etc. No se daban cuenta de que el gesto político residía no en el contenido de los poemas sino en el mismo acto de escribir poesía. El proceso político-cultural reside en ese gesto: en el hecho de que el obrero deja de serlo en el mero acto cultural y no se regodea en lo que debería hacer según su estatus social. La cultura sería una forma de fracturar la obesa línea dibujada por la derecha cultural, que lo que pretende es animar a la apatía (valga el oxímoron) a través de ese “estate orgulloso de tus gustos”, y quédate ahí, confórmate con ellos. Hay algo de ese viejo catolicismo rancio en el argumento de esa derecha cultural.

La cultura (es decir, la política) es crecimiento. Suelo citar muy a menudo estas palabras de Gramsci, que por ser muy conocidas no dejan, para mí, de ser certeras: “La posición de la filosofía de la práctica es antitética de la católica: la filosofía de la práctica no tiende a mantener a los “sencillos” en su filosofía primitiva del sentido común, sino, por el contrario, a llevarlos a una superior concepción de la vida. Afirma la exigencia  del contacto entre los intelectuales y los sencillos, pero no para limitar la actividad científica y mantener una unidad al bajo nivel de las masas, sino precisamente para construir un bloque-moral-intelectual que haga políticamente posible un progreso cultural de masas, y no sólo de reducidos grupos intelectuales”. Esa expresión, “sencillos” quizá no nos parezca acertada pero en Gramsci tiene su sentido que ahora no vamos a desarrollar.

Oponer cultura a la cultura sería el camino. En cualquier caso, creo que no es algo rápido, ni evidente, ni sencillo, sino más bien lento y complejo. Pero la idea es que no podemos aceptar sin más que esa derecha cultural tiene razón por el simple hecho de que su premisa sea cierta: la izquierda peca de soberbia al cuestionar los gustos culturales de la clase trabajadora. La premisa puede ser cierta, pero no nos dejemos atrapar por la trampa de su argumentación.

O dejémonos atrapar. Tampoco lo tengo claro del todo. Igual es mejor.

En cualquier caso, no olvidemos aquello que nos decía Raymond Williams: la cultura es algo ordinario.

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